Retiros

Quemamos lo que no era nuestro

Un cuenco de madera con agua, pétalos de flores de colores y una vela blanca encendida en el centro, visto desde arriba sobre el suelo de madera

Taller Elige-Te · 12 de julio · Hotel Mar de Fulles, Alfondeguilla (Castellón)

Elegir suena a cosa de todos los días. Elegimos el desayuno, la ruta al trabajo, la serie de la noche. Suena tan fácil que nadie se para a mirar cuántas de las cosas que llamamos «mis decisiones» las decidió otro hace mucho tiempo y nosotros sólo las estamos manteniendo.

Ese fue el tema del taller. Un día entero, de sol a sol, para separar una cosa de la otra.

El taller fue un día entero en Mar de Fulles, y fue pasando por sitios: la sala, una vela, el agua, la mesa y el monte. Se cuenta en ese orden porque en ese orden ocurrió.

La sala de Mar de Fulles preparada antes del taller: esterillas, bloques y cojines repartidos por el suelo y los ventanales abiertos al valle
Así estaba la sala a primera hora, antes de que llegara nadie.

Es la misma sala de siempre en Mar de Fulles, la del techo de madera y los ventanales que dan a la ladera, y sigue haciendo la mitad del trabajo ella sola: cuesta mucho seguir con prisa dentro de una habitación así.

Empezamos por el cuerpo

Empezamos con yoga, y no por costumbre.

El cuerpo es lo primero que dejamos de elegir. Se le pide que aguante, que no moleste, que llegue a todo, y se le hace caso sólo cuando duele lo suficiente como para no poder seguir ignorándolo. Volver a habitarlo, aunque sea durante hora y media, cambia el resto del día: cuando el cuerpo está aquí, la cabeza tiene que venirse también.

No fue una práctica de exigencia. No hacía falta llegar a ningún sitio ni parecerse a nadie. Sólo estar dentro.

La mesa con los materiales del taller: un frasco de aceite, unas cartas y las mantas dobladas sobre el mantel blanco

Y seguimos con la calma

Después, la meditación.

La calma tiene mala fama porque se cuenta mal. No es poner la mente en blanco —eso no lo hace nadie— ni dejar de pensar. Es dejar de correr detrás de cada pensamiento que pasa. Y eso se entrena, como cualquier otra cosa: un rato al día, sin dramatismo y sin apuntarse un tanto.

Un cuenco tibetano con su maza sobre la mesa del taller, junto a un portavelas negro

La vela y los siete nudos

Y aquí es donde el día se puso serio.

Casi nadie empieza de cero. Llegamos con un montón de cosas que no elegimos: maneras de hablarnos que aprendimos oyéndoselas a otro, miedos que no son nuestros, deberes que alguien nos puso encima cuando éramos pequeños y que seguimos cargando de adultos sin haber revisado nunca si nos hacen falta.

Se heredan las cosas buenas y se heredan las otras. Y lo heredado pesa igual que lo elegido, con la diferencia de que ni siquiera lo escogimos.

La pregunta del taller fue esa: de todo lo que llevas encima, ¿qué es tuyo de verdad y qué te lo dieron?

Lo que no era nuestro lo quemamos.

Alrededor de una vela se enrolla un hilo con siete nudos. Siete cosas que pesan, y no unas cualesquiera: las que vienen de atrás. De nuestros padres, de nuestros abuelos, de gente a la que a lo mejor ni llegamos a conocer. Cosas que cargamos sin haberlas elegido y casi sin saber que las llevamos encima, aunque las notemos pesar.

Lo que arde es el hilo. No un papel con una lista: el hilo, con sus siete nudos, enrollado a la vela que va a deshacerlos.

Suena a ceremonia y lo es, pero no es un adorno. La cabeza puede repetirse mil veces «esto lo suelto» y seguir agarrada; el cuerpo, en cambio, se cree lo que ve. Ve el hilo, ve la llama, ve que ya no está. Y por un momento entiende que soltar es una cosa que se puede hacer, no sólo una cosa que se dice.

Nadie contó cuáles eran sus siete. No hacía falta. Cada uno sabía los suyos y con eso bastaba.

Lo que se queda ahí no era nuestro: pertenecía a quien vino antes. Devolvérselo no es faltarle al respeto a nadie. Es dejar de cargar un peso que nunca nos tocó.

Y tiene además un motivo muy práctico: hace sitio. Mientras lo heredado sigue ocupando, no hay espacio para poner nada elegido. Primero se vacía y después se elige. En ese orden.

Y después, el silencio

Después de una cosa así no se pone música y se sigue. Hay que dejar sitio.

Esta es la parte del día que nunca sale en los carteles y que muchas veces es la que más pesa: un rato largo tumbados, sin nada que hacer, sin nada que conseguir y sin nadie diciendo la siguiente instrucción. Ahí es donde termina de bajar todo lo que se ha movido antes.

El grupo del taller en savasana, tumbado sobre las esterillas de la sala con la luz del valle entrando por los ventanales

La piscina

Y luego, sí, nos bañamos.

El hotel tiene una piscina panorámica con toda la Sierra de Espadán delante, y la aprovechamos. Lo contamos porque a veces parece que un día de yoga y meditación tiene que ser solemne de principio a fin, y no. Hubo risas, hubo fotos tontas y hubo un rato de agua mirando la montaña.

Disfrutar también forma parte del día, y no es la parte menos importante.

Una comida consciente

Después del agua, la mesa. Comer fue parte del taller, no la pausa entre dos cosas.

Comer consciente no es comer poco ni comer raro: es comer prestando atención. Despacio, notando el sabor, notando la textura, notando cuándo ya está bien. Suena menor y no lo es: comer es de las poquísimas cosas que hacemos tres veces al día todos los días de nuestra vida, y casi siempre las hacemos mirando una pantalla y sin enterarnos.

La piedra que se quedó en el monte

Después de comer salimos a caminar, y no con las manos vacías. Cada uno eligió una piedra: la que le mostraba sus miedos, esos que uno no sabe nombrar hasta que se para a mirarlos.

Mar de Fulles está metido en la Sierra de Espadán y sería absurdo no salir. Caminamos por los alrededores, entre alcornoques.

Se camina un rato con ella. Pesa lo que pesa una piedra, que no es mucho, y aun así se nota en la mano todo el camino. Y en algún punto del monte se deja: se suelta ahí y ahí se queda, entre los alcornoques, que llevan bastante más tiempo que nosotros sosteniendo cosas.

Una participante abrazando el tronco retorcido de un alcornoque enorme en el monte de la Sierra de Espadán

Esa foto no estaba preparada y no significa nada esotérico: es alguien abrazando un árbol que llevaba ahí desde mucho antes que nosotros y que va a seguir estando cuando ninguno se acuerde de este taller. A veces es exactamente lo que uno necesita que le recuerden.

Y la piedra que volvió con nosotros

Al llegar de vuelta a la sala había otra piedra esperando a cada uno. Ésa sí se la llevaron a casa.

La primera se queda fuera, con lo que uno ya no quiere seguir cargando. La segunda cabe en un bolsillo o en una estantería y sirve para lo contrario: para acordarse, el día que haga falta, de la elección que uno quiere de verdad.

Lo que les escribimos después

La tarjeta de agradecimiento que se llevaron los participantes, con fotos del paseo, del cuenco de flores, del alcornoque, de la piscina panorámica y de la sierra
La tarjeta que se llevó cada uno.

No hay palabras suficientes para describir lo vivido, pero sí una certeza: cada un@ de vosotr@s ha sido parte esencial de la magia. Gracias por vuestra entrega, por la apertura, por la confianza y por sostener un espacio tan auténtico y lleno de verdad. La energía que se ha creado no se explica, se siente, y ha sido profundamente transformadora.

Cada mirada, cada silencio, cada risa y cada emoción compartida ha tejido algo muy especial que ahora nos acompaña a tod@s. Ojalá podáis llevaros un pedacito de todo esto a vuestro día a día, y recordéis que eso que habéis conectado aquí ya vive dentro de vosotr@s.

Gracias por ser, por estar y por hacerlo tan bonito y diferente. Nos seguimos encontrando en el camino.

Fue una jornada maravillosa y la hizo cada persona que vino. Un taller es un guion: lo que pasa de verdad depende de quién se sienta en el círculo y de con cuánta honestidad se sienta. Aquel día se sentó gente que vino a estar de verdad, y por eso salió genuino.

Un día basta para empezar

Los retiros son de fin de semana, y hay a quien un fin de semana entero le queda grande: por tiempo, por dinero o porque le impone. Por eso hacemos también talleres de un día.

No es un retiro en pequeño ni una versión de prueba. Es otra cosa: cabe en un sábado, se vuelve a casa a dormir y aun así da tiempo de sobra a que pase algo. El del 12 de julio lo demostró.

El siguiente

Estamos preparando el próximo. Si quieres enterarte en cuanto tenga fecha, déjanos tu correo y te avisamos antes de que se abran las plazas: los grupos son pequeños a propósito.

Y si te queda cerca Picassent, no hace falta esperar: hay clases de yoga cada semana, y una vez al mes meditación y yoga al aire libre en el polideportivo.

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