Retiros

Firmamos un contrato con nosotras mismas

El grupo del retiro tumbado en círculo dentro de la yurta, mirando hacia arriba a la cámara, con la claraboya del techo iluminada en el centro

Retiro Reenamora-Te · 28 y 29 de marzo · Hotel Mar de Fulles, Alfondeguilla (Castellón)

«Reenamórate de ti misma» es de esas frases que caben en una taza y no dicen nada. Por eso, cuando preparamos este retiro, decidimos que aquí no se iba a quedar en frase. Iba a ser un folio, un boli y una firma.

Dos días. Yoga, meditación y el ritual del espejo. Y, en medio de todo, un contrato.

Una sala redonda en mitad de la sierra

Volvimos a Mar de Fulles, en Alfondeguilla, dentro de la Sierra de Espadán. Pero esta vez practicamos en la yurta: una sala redonda de madera y lona, con una claraboya en el centro del techo por la que entra la luz a plomo y unos ventanales bajos que dan directamente al bosque.

Que la sala sea redonda no es un detalle decorativo. En una sala cuadrada siempre hay una fila de delante y una de atrás, y todo el mundo sabe cuál le ha tocado. En un círculo no hay sitio malo y, sobre todo, todo el mundo se ve la cara. Para un fin de semana en el que íbamos a hablar de lo que íbamos a hablar, eso lo cambia todo antes de empezar.

El ventanal de la yurta de Mar de Fulles al atardecer, con el cielo rosa sobre el bosque y las esterillas preparadas en el suelo
El sábado se nos puso el cielo así mientras practicábamos. Nadie dijo nada, pero la sala entera se giró a mirar.

El cuerpo por la mañana, lo hondo por la tarde

Es el orden que pide un retiro y no lo cambiamos nunca: primero habitar el cuerpo y después escuchar lo que trae. Por la mañana, yoga. Por la tarde, meditación y el trabajo de dentro.

El grupo sentado en círculo sobre las esterillas en la yurta, con Sara guiando la práctica de yoga

Hay una razón sencilla detrás. A las diez de la mañana de un sábado la cabeza todavía viene con la lista de la compra puesta, y no hay meditación que gane esa pelea. Después de una hora de práctica, en cambio, el cuerpo ya está aquí y la cabeza va detrás. Entonces sí.

El ritual del espejo

En el centro del círculo, un cuenco de agua con pétalos de rosa y una vela.

Un cuenco de madera con una vela encendida y pétalos de rosa, en el suelo de la yurta

Un ritual no es magia y no hace falta creer en nada para que funcione. Es una manera de obligar al cuerpo a hacer, despacio, algo que la cabeza dice muy deprisa y olvida antes de comer.

El de este retiro fue el del espejo. Un espejo solo, para todas, y el grupo alrededor. Se fueron levantando de una en una, se plantaban delante y se miraban fijamente a los ojos, sin apartar la vista. Esa es ya la parte difícil: aguantarse la mirada más de unos segundos incomoda, y justo ahí es donde empieza.

Y entonces, en voz alta, mirándose muy adentro: «Ahora yo me elijo. Ahora me veo y me cuido. Aquí, ahora y siempre». No pensarlo, decirlo, con tu propia voz y tu propia cara delante. Las palabras se notan en la boca del estómago antes que en los oídos, y por ahí es por donde entran de verdad.

Escrito parece poca cosa. Delante del espejo, y con el resto del grupo mirando en silencio, no lo es. Al terminar hay algo que se ha colocado en su sitio: volver a sentirte amada por quien más importa, que eres tú misma.

El contrato

El sábado plantamos una semilla. Cada una la suya, y cada una sabía cuál era.

Y por la tarde la escribimos. Un folio por persona y una pregunta encima: a qué me comprometo conmigo. No con la pareja, ni con el trabajo, ni con lo que se espera de uno. Conmigo. Y luego, abajo, la firma.

Una participante del retiro escribiendo su contrato sentada en el suelo de la yurta, junto al cuenco con la vela, con el atardecer en la ventana

Escribirlo importa. Una intención que se dice en voz alta un domingo se la lleva el lunes por la mañana sin despedirse. Un papel firmado se puede volver a leer en noviembre, cuando ya no te acuerdas de la vela ni de los pétalos y sí de todo lo demás.

Aquel papel se lo llevó cada una a su casa. No sabemos qué ha sido de ellos, y está bien que no lo sepamos: era un contrato de dos partes, y ninguna de las dos éramos nosotras.

Risas, charlas y algún lloro

Hubo de todo, y en ese orden ninguno. Risas de las que no dejan acabar la frase. Conversaciones largas, de esas que empiezan en la comida y siguen en la puerta de la habitación. Y lloros, unos cuantos, que es lo que pasa cuando a alguien le das un rato de silencio y una sala donde nadie le va a decir que se calme.

El grupo en savasana, tumbado sobre las esterillas de la yurta con la vela y los pétalos en el centro del círculo

Lo curioso es que fue justo eso lo que unió al grupo. No las risas por un lado y los lloros por otro: las dos cosas a la vez y delante de los demás.

Salimos a caminar

Mar de Fulles está metido en el monte y sería un delito quedarse dentro. Salimos a caminar por los alrededores, sin prisa y sin destino.

Tres participantes del retiro caminando entre la vegetación del monte de la Sierra de Espadán
Un alcornoque enorme visto desde abajo, con las ramas retorcidas recortadas contra el cielo azul
Llevaba ahí más años que todas nosotras juntas.

Y se come muy bien

Un cuenco de ensalada de brotes, remolacha y granada de la cocina de Mar de Fulles, sobre la mesa de madera del comedor

Comer en Mar de Fulles es parte del retiro, no un descanso entre actividades. Cocina consciente, producto de la zona y mesa compartida. Media hora que en el programa pone «comida» y que en la práctica es donde la gente se conoce de verdad.

Amor, en mayúsculas

Podemos contar el sitio, la yurta, el ritual del espejo y el contrato, pero el fin de semana no fue eso. Fue el grupo. Se juntaron unas personas que crearon una energía más que especial, y eso no se organiza ni se contrata: se agradece.

Fue un placer conocer y acompañar a cada una de las participantes. Con cada anécdota y cada instante, consiguieron que aquel fin de semana fuera AMOR, en mayúsculas.

Gracias por lo que trajisteis, y por lo que os atrevisteis a dejar allí.

El siguiente

Estamos preparando el próximo retiro. Si quieres enterarte en cuanto tenga fecha, déjanos tu correo y te avisamos antes de que se abran las plazas: los grupos son pequeños a propósito.

Y si te queda cerca Picassent, no hace falta esperar a un retiro para empezar: hay clases de yoga cada semana, y una vez al mes meditación y yoga al aire libre en el polideportivo.

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