Ciento ocho saludos al sol, y después a almorzar
Encuentro de solsticio · Domingo 21 de junio · Polideportivo de Picassent
El 21 de junio es el día más largo del año. También es el Día Internacional del Yoga. Que las dos cosas caigan juntas no es casualidad de calendario: la fecha se eligió precisamente por el solsticio.
Así que ese domingo nos juntamos en el césped del polideportivo de Picassent a hacer lo que se hace ese día desde hace mucho más tiempo del que llevamos nosotras: ciento ocho saludos al sol.
Por qué ciento ocho
Es la pregunta que hace todo el mundo la primera vez, y tiene muchas respuestas.
El mala, el collar que se usa para contar mantras, tiene ciento ocho cuentas. La tradición habla de ciento ocho puntos de energía en el cuerpo, y de que la distancia entre la Tierra y el Sol es unas ciento ocho veces el diámetro del Sol. Se pueden buscar más: hay listas enteras.
Pero la respuesta honesta es más sencilla. Ciento ocho son los suficientes para que no puedas hacerlos con la cabeza en otra parte. Cuarenta se aguantan pensando en la lista de la compra. Ciento ocho, no. En algún punto la cabeza se rinde, deja de llevar la cuenta y se queda sólo el cuerpo moviéndose y la respiración marcando el ritmo. Eso es lo que se viene a buscar.
Cómo son ciento ocho saludos al sol
Van por partes, y cada parte se siente distinta.
Los primeros son fáciles y engañan. El cuerpo está fresco, la mañana está suave y uno piensa que esto no era para tanto.

Después llega el tramo del medio, que es donde está el trabajo de verdad. Ya no es fresco y todavía queda mucho. Ahí aparece la voz que propone parar, y ahí se descubre que se puede seguir sin hacerle caso. No a la fuerza: bajando el ritmo, acortando el movimiento, quedándose un respiro más en el suelo. El saludo al sol tiene versión para todos los días y para todos los cuerpos, y hacer ciento ocho no consiste en hacer ciento ocho iguales.
Y luego está el final, que llega antes de lo que uno esperaba. Cuando se deja de contar, se acaban solos.

Conviene decirlo claro, porque asusta: esto no es una prueba de resistencia y nadie lleva la cuenta de nadie. Hubo quien hizo los ciento ocho, quien hizo la mitad y se quedó sentada mirando el resto, y quien se tumbó a la sombra un rato y volvió a entrar. Las tres cosas son la misma práctica.
El poli, un domingo por la mañana
Podríamos haberlo hecho en la sala, con el suelo liso y la temperatura controlada. Lo hicimos en el césped a propósito.
Fuera pasan cosas que dentro no pasan. La hierba no está nivelada y obliga a colocarse de otra manera. Hay sombra de árboles que se mueve mientras practicas. Se oye el pueblo despertándose al lado, gente que pasa y mira, algún perro. Y está el sol de verdad, que es a quien se está saludando: hacer ciento ocho saludos al sol dentro de un edificio siempre tuvo algo de contradicción.
El polideportivo de Picassent, además, es de todos, y eso importa. Y nos aporta el contacto con la naturaleza que esta práctica demandaba.
No hacía falta saber
Vino gente de las clases de cada semana y vino gente que no había hecho yoga en su vida.
Los encuentros del poli son así por diseño: abiertos, baratos y sin requisitos. Quien nunca ha practicado se coloca detrás, copia, para cuando lo necesita y se va a casa habiendo hecho más de lo que creía. Y quien lleva años encuentra en una práctica larga algo que en una clase de una hora no cabe.
Es la mejor manera que conocemos de que alguien pruebe el yoga sin comprometerse a nada.
Y después, el almuerzo
Esta es la parte que no sale en ningún cartel y que es media mañana.
Se acaba la práctica, se recogen las esterillas y nos vamos todos a almorzar. Sin agenda, sin ronda de presentaciones y sin nadie dirigiendo. Gente sudada y con hambre hablando de cualquier cosa.
Nos importa tanto como la práctica, y no es una frase bonita. En una clase de yoga la gente entra, practica y se va, y puede pasarse un año coincidiendo con la misma persona sin saber cómo se llama. En un almuerzo te enteras de a qué se dedica el de la esterilla de al lado. Casi todo lo que ha ido creciendo alrededor de Vésica empezó en una mesa después de una práctica.
La familia yogui
Hay una cosa que dijimos al terminar aquel domingo y que resume el día mejor que nada de lo de arriba:
Estos días me alegran mucho, porque veo que la familia yogui va creciendo poco a poco.
Poco a poco es la clave. No se trata de llenar el césped: se trata de que cada vez sea menos raro que un domingo por la mañana, en un pueblo de l’Horta Sud, un grupo de vecinos se junte a respirar y a moverse antes de ir a almorzar.
Eso, un encuentro cada mes, es lo que estamos haciendo.
El próximo
Los encuentros del polideportivo son un domingo al mes, de septiembre a junio, y las fechas de la temporada están todas publicadas: puedes verlas y coger sitio aquí.
Y si prefieres empezar con algo más pequeño y más seguido, hay clases de yoga cada semana en Picassent, en grupos de siete personas como mucho.